ENTREVISTAS PARA LEER

Nicolás Schuff:"Escribir es mi forma de pensar"

 

"Siempre escribo con el oído, aunque sea prosa", advierte el autor de libros como El pájaro bigote

 y Las interrupciones, cuyos libros fueron recientemente reconocidos por ALIJA IBBY Argentina y por

Fundación Cuatrogatos.

 "No soy un especialista ni me interesa particularmente la infancia o la literatura para chicos y chicas. Sí la literatura, a secas", dice.

 

Por Valeria Tentoni.

 LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL, ENTREVISTA

17-07-2020

Nacido en Argentina en 1973, Nicolás Schuff fue librero e instructor de yoga antes de dedicarse por completo a escribir. Sus primeros libros para chicos y chicas fueron versiones y adaptaciones de mitos y leyendas, preparadas por encargo, y luego vinieron, entre otros títulos, El pájaro bigote, Los equilibristas, Así queda demostrado, Monstruos fritos, El educado y tontorrón monstruo Salchipapa Lover, Mis tíos gigantes y Quince ocasiones para pedir deseos en la calle. Algunos de sus libros fueron traducidos al inglés, al griego y al ruso. ALIJA IBBI Argentina ha reconocido tomos como Las interrupciones (con Mariana Ruiz Johnson de ilustradora y Galería Editorial publicando), y la Fundación Cuatrogatos hizo lo propio con La bufanda roja (Edelvives). 

"Mis últimos libros hacen poco caso a la distinción entre lo adulto y lo infantil",

advierte Schuff, que además coordina talleres de escritura para chicos y lleva adelante

el podcast El pájaro fantasma. Vive en Olivos, donde tiene un cobertizo de escritura al

fondo del patio, y desde allí respondió estas preguntas por correo electrónico. 

¿Cómo te encontrás por estos días? ¿Estás leyendo? ¿Escribiendo?

Me encuentro y me desencuentro a cada rato. Los primeros dos meses de cuarentena leí y escribí muy poco (además de la ansiedad de esas semanas, tengo una hija chiquita que requiere atención y compañía permanente). Pude entrar mejor en la lectura de no-ficción que en otros géneros. En cuanto a la escritura, los últimos días me encargaron un par de cuentos con un tema y límite de extensión puntual y eso funcionó mejor.

Cualquier verdura es tu último libro, por una editorial nueva, Ralenti: ¿cómo fue publicar con ellas?

 

Las editoras trabajaron con entusiasmo en estos textos que ya había presentado sin éxito en otras editoriales. Así que encantado con ellas. Además, tienen solo cinco libros en la calle y cuatro son de poesía (o tres y medio, porque el mío es una mezcla). Valoro mucho esa decisión.

¿Cómo ves el estado de cosas de las editoriales argentinas dedicadas a libros para las infancias?

No tengo claro el estado de cosas de las editoriales, porque venía mal y acaba de estallar. Además, para los grupos multinacionales el negocio de la venta en escuelas se detuvo. ¿Y ahora? Todos los años se publica un montón de más-de-lo-mismo, literatura hecha ad hoc para lo que se supone (¿quién supone?) que las escuelas necesitan. Yo mismo formo parte de esa dudosa industria. ¿Cómo va a seguir? ¿Va a seguir? ¿Queremos que siga? ¿Qué va a pasar con las escuelas? ¿Y las editoriales independientes? ¿Qué pasa con los clubes virtuales de suscripción de libros por correo y su peculiar curaduría? ¿Y las librerías? ¿Expropiaremos Planeta? Miro este momento con una mezcla de curiosidad, incertidumbre, expectativa, desconfianza.

¿Cómo fue el intercambio con la ilustradora, Gabriela Burin? El libro está lleno de guiños al cine o a las artes visuales, ¿fue una decisión conjunta? 

Este libro pedía una ilustración con un tipo de humor particular, un poco absurdo, y parte del trabajo de Gabriela va por ese lado. Esos guiños que mencionás, a Hitchcock, a Frida Kahlo, fueron decisión suya. Ella pensó bastante cómo sumar a los textos algo desde la imagen que no reiterara lo que ya está dicho. Intercambiamos ideas, bocetos, referencias. Las editoras también participaron de ese proceso. Como no es un libro solo para chicos y chicas (es un libro que “incluso los niños” pueden leer, como dijo Maite Alvarado), los guiños seguramente serán apreciados también por los adultos.      

¿Y cómo es, en general, tu intercambio con los ilustradores y las ilustradoras de tus libros? ¿Cómo pensás ese vínculo? 

Una cosa es el libro ilustrado y otra eso que llamamos “álbum”. Pienso que ambos requieren siempre una reflexión conjunta, pero el álbum mucho más. Sigo mucho el trabajo de las ilustradoras e ilustradores. Hay un montón de gente talentosa y creativa y que maneja una técnica brillante, pero eso solo no alcanza. Es un proceso que necesita tiempo, pruebas y mucho diálogo, idealmente entre quien escribe, quien ilustra y quien edita. A mí ese intercambio siempre me interesa, me obliga a volver sobre lo que escribí de una manera nueva. Cuando funciona, sin duda mejora mi trabajo.

Con Mariana Ruiz Johnson, por ejemplo, con quien armamos dupla en varios libros, investigamos mucho esa dinámica. Acaba de publicarse un librito, A veces me pasa (Locorabia), que básicamente es la puesta en escena de ese proceso. Porque nació de un “desafío” en las redes sociales que proponía dibujar algo cada día a partir de una palabra dada. El ejercicio fue pensar una representación gráfica no obvia para cada vocablo.

Cualquier verdura tiene también un capítulo amigo en El pájaro fantasma: ¿cómo pensaste ese podcast? ¿Cómo se te ocurrió?

El podcast es un juego y una tarea artesanal y literaria imaginada con y para los oídos, en este momento en el que la cultura visual inunda nuestras vidas. Es pariente de algunos de los libros que escribí, en el sentido de que combina el humor, la poesía y la música y apunta a un público sin edad determinada. Participan chicos, grandes, medianos.

Empecé a armarlo el primer año de vida mi hija. Como no disponía de tiempos largos para sumergirme en la escritura, los ratos libres los dedicaba a boyar por internet, medio insomne, buscando material para estos collages temáticos que son cada episodio. Después terminamos de darle forma con Mauro Torres, el operador. No sé cómo se me ocurrió hacerlo. Creo que tuvo bastante que ver un programa muy bueno que ya no existe, “El rastrojero fantasma”, de Rafa Hernández. Hace poco me enteré de que el nombre, y quizá el espíritu, de “El rastrojero…”, a la vez homenajeaba a otro programa, que yo no conocía, genial y pionero: “El tren fantasma”, de Omar Cerasuolo, que arrancó por los años 70.

Las interrupciones, tu libro anterior, fue premiado recientemente por ALIJA. ¿Cómo te llegó ese reconocimiento? Decías en tu cuenta de Facebook que fue un libro raro de encontrarle editorial. ¿Cómo fue la experiencia con Galería?

Las interrupciones, igual que Cualquier verdura, no es un libro para una edad predeterminada, no es un álbum ni una historieta, no es un cuento, tampoco es poesía. O es una mezcla y tiene un poco de cada cosa. Tal vez por todo eso (además del desastre económico del gobierno anterior) le costó encontrar editorial. Verlo publicado y premiado por ALIJA fue una alegría. Y que David Wapner, un escritor que admiro, nos dijera que el libro iba a ser “un clásico” en la LIJ argentina… bueno. Tengo el año hecho.

La experiencia con Galería fue excelente. Ioni Scheines y Matías Duarte, sus editores, publican solo lo que les entusiasma y divierte y disfrutan mucho haciendo libros. Ya había publicado con ellos Modales en la mesa, ilustrado por Pablo Picyk, así que fue raro no pensar antes en Galería para Las interrupciones. El libro fue evaluado por distintas editoriales, tuvo un contrato que después quedó en nada, hasta que un día en el colectivo me acordé de Galería. A Mariana Ruiz Johnson  (la otra cabeza del libro) le pareció bien, y esa misma noche nos dijeron que querían publicarlo.

En ese libro se aborda la aventura de la concentración y la escritura, la figura del escritor. ¿Cuán cerca de tus experiencias de escritura está? ¿Cómo es para vos el proceso de escritura?  

Publiqué más de un libro sobre la figura del escritor, le lectura, la literatura. Pienso que a veces puede ser interesante traer eso al interior de los libros para la infancia. Suelo visitar escuelas, además de dar talleres, y siempre hay mucha intriga, expectativa e idealización alrededor del escritor y su tarea. Pero bueno, ojalá el próximo libro sea sobre las aventuras de un cazador de monstruos post-pandémicos.

Las interrupciones, puntualmente, se me ocurrió en el tren, leyendo un poema de Fabio Morábito. Tomé unas notas al margen del poema y cuando me di cuenta de que tenía un procedimiento que podía repetir, el texto se fue armando casi solo. Mis libros más personales salen un poco así, como te decía antes: cerca de la poesía, del juego y sin mucho plan ni dirección prevista. En ese sentido, son muchas más las cosas que empiezo que las que termino. Y nunca deja de asombrarme el hecho haberme “convertido” en “escritor”, estar hablando con vos de estas cosas.

En general escribo a partir de la lectura. De una imagen, o una idea que me lleva a una imagen, o de un juego de palabras o musiquita que se me arma en la cabeza como efecto de alguna lectura. Pero también dependo de cierto talante favorable a la escritura. Tiene que ver con un estado de ánimo más bien receptivo, abierto, juguetón. En ese sentido te diría que no persigo a la ideas, si no que trato de hacer espacio para que vengan. Hace poco escuché a una poeta decir que escribía cuando el mundo tiene múltiples direcciones. Es un poco eso. Si sostengo una disposición más o menos vital, curiosa, atenta, la experiencia cotidiana –puede ser una lectura, un encuentro, un recuerdo, un olor– tal vez despierte ecos, reflejos, ondas expansivas que, con suerte, se traduzcan en palabras.

Tus primeros libros para chicos y chicas fueron versiones y adaptaciones de mitos y leyendas, preparadas por encargo. ¿Cuánto creés que te marcó esto, si algo? ¿Cómo te llevás con esos géneros? 

Empecé a escribir para el público infantil gracias a un amigo que me invitó a preparar una versión escolar de la Ilíada y la Odisea, en la editorial Estrada. A ese librito le fue bien, y entonces los encargos siguieron. Me di cuenta de que podía convertirse en un trabajo y que además disfrutaba escribir para ese público, porque podía jugar con los géneros y el lenguaje y las imágenes de un modo muy libre. Aunque tal vez dedicarme a la literatura para la infancia fue también una manera de esconderme en un lugar donde me sentía menos observado, juzgado (pero pronto supe también que el público infantil es implacable). El asunto es que en algún momento me convertí en un escritor profesional. Y acá estoy, nunca del todo cómodo. Quiero decir que no todo lo que escribí o escribo me convence ni me interesa. Pero a la vez es lo que me da de comer. Y ahí entro en cortocircuito.  

   

¿Qué idea de literatura infantil te guía y de cuál creés que intentás escapar? 

No soy un especialista ni me interesa particularmente la infancia o la literatura para chicos y chicas. Sí la literatura, a secas. Escribo en forma muy intuitiva, sin más guía que el propio entusiasmo y evitando una mirada idealizada de ese momento de la vida. Parece que muchos adultos se olvidan de que la angustia, la soledad, el miedo, la pérdida, la incertidumbre, son sentimientos que los chicos y chicas también experimentan, a veces de manera muy dramática. La literatura, precisamente, puede ser una compañía, un consuelo, un escape y una forma de elaborar estas cosas. Como docente de taller me interesa también trasmitirles a los chicos y chicas que la literatura es algo vivo y de lo que pueden apropiarse. Que entre otras cosas es una práctica, y que a la imaginación se la puede ayudar y estimular.  

 

Cuando escribís, ¿escribís pensando en un lector niño o niña? ¿Qué idea de lector/a te ronda? ¿Esto modifica tus búsquedas?

Hay cosas que escribo, como te decía, sin pensar para quién son. Por ejemplo El pájaro bigote, Las interrupciones, Cualquier verdura o Mis tíos gigantes. Y hay otros en los que sí tengo en mente un lector. Por ejemplo en Los equilibristas o Monstruos fritos o Así queda demostrado. Me pasa mucho más ahora que tengo una hija. Pienso en lo que le gusta escuchar, en lo que la atrapa, la hace reír, pensar. En general, creo que los chicos y chicas son capaces de aceptar casi cualquier tema que uno les presente, siempre y cuando lo haga de una manera adecuada y con honestidad. Por otro lado, el didactismo, la moraleja, las buenas intenciones y todo eso que en general a los adultos nos molesta tanto, creo que a los chicos y chicas les resbala. Me parece que ellos y ellas retienen otras cosas: imágenes, personajes, aventuras, palabras. Así que no me escandaliza que un pibe lea al infame Gaturro. Lo que importa es la construcción de una persona lectora, la adquisición de cierta capacidad simbólica. Al menos fue mi propia experiencia como lector. Mi hija adora Los tres chanchitos, esa moraleja espantosa. Ya le llegará el día de leer a Borges.

Publicado en: Eterna Cadencia.

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